Título original: Carol. Año: 2015. Director: Todd Haynes.
Guión: Phyllis Nagy, adaptación de novela de Patricia Highsmith.
Música: Carter Burwell. Fotografía: Edward Lachman.
Protagonistas: Cate Blanchett, Roonet Mara, Sarah Paulson, Klyle Chandler, Jake Lacy.
Género: Drama.

Un hechizo.

Y por fin Carol.

Adaptación de la novela ‘The price of salt’ de Patricia Highsmith, multipremiado y con justicia, film y, con prueba suficiente de ello en cuanto festival o premio acaeció en el pasado 2015.

La historia, ya harto conocida a esta altura, versa sobre una joven dependiente de una gran tienda neoyorquina que en los años 50 se enamora de una mujer casada algo mayor que ella de la alta sociedad.

Hasta ahí nada indicaría que íbamos a estar frente a una de las obras más conmovedoras sobre el amor que hayamos visto en los últimos años, sumado a una impecabilísima fotografía del genial Edward Lachman, quien ha trabajado con grandes directores en aún más grandes películas (y me permito este gustito, fue el director de fotografía de Desperately Seeking Susan).

El film comienza con una imagen de una alcantarilla con un atractivo diseño, la cautivante música de Carter Burwell, el sonido de un tren que llega a destino y pies que pisan y cruzan la lìnea sin reparar en ello. A esta altura en la que el film apenas lleva un minuto y medio obsequia al espectador con la casi totalidad de los elementos que utilizará para contar tan cotidiana pero exquisita historia. Ya muestra lo escondido a medias, el tren como elemento fundamental en el relato, que se repetirá en el momento iniciático de la relación, como pieza conducente del affair entre ambas mujeres, más como sujeto indicador de nuevas etapas, ilusiones, un arrollador generador de cambios. Esa línea divisoria que los pasajeros deben, tienen, que pisar, para poder salir del andén, una clara alegoría de incumplimiento de mandatos establecidos, de rebeldía, de pasar por encima -sin lastimar, sin romper- lo que se pide, lo que se espera. Una línea que Carol y Theresa cruzarán sin importar que.

Aquí no hay dobles discursos ni morales, aquí hay verdades, caras, rostros, no solo sin máscaras sino en el caso de el personaje de Carol, con su cabello rubio, sus labios pintados de rojo fuerte, su chaqueta roja, todo lo que sea no pasar inadvertida, todo lo que sea el declarar muy a pesar del precio que más tarde debería pagar.

Un largo travelling en el que asistimos a la imagen de espaldas de un hombre que baja de ese tren, camina a contramano, se detiene y toma otra calle que parece seguir el mismo curso que el eligió. Termina en a un restorán en el que por casualidad se encuentran la pareja protagónica tomando una copa.

Y, de esta forma mediante un largo flashback comienza una obra magnética en la que es imposible cansarse de asistir una y mil veces al film completo o a secuencias elegidas al azar, a cuenta de que cada plano es la preciosidad en sí mismo.

Atiborrados ya de leer que es un film de miradas de las que se desprende la casi totalidad de la narración, -y es que acaso no están en ellas el estallido del enamoramiento?, y, es que acaso no es a través de los ojos que se manifiesta el vibrar cuando la pasión golpea?-, (…) “Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego (…), escribió Patricia Highsmith en su novela publicada en 1952, cuando un tiempo antes se desempeñó durante una navidad como empleada en las conocidas almacenes Bloomingsdale’s en donde se le apareció tal señora y según afirman escribió la novela en una sola noche.

De esta forma, a través de vidrios, espejos, ojos, lentes de cámaras fotográficas, escaparates, ventanas, se nos regalara una historia de amor, de estos personajes principales, su amor por encima de todo y todos.

Los secundarios apenas influyen en el film como en la vida de estas mujeres. El director se centra en ellas en exclusivo, razón por la cual se lo catalogo de discriminador a Todd Haynes en el sentido de que excluye a un punto tal el resto de los personajes y en especial a los masculinos, quitándoles todo valor, o apenas otorgándoles el de simples individuos que a duras penas se tornan un estorbo a franquear por estas mujeres.

Acusado también, TH, de haber realizado una obra de amor lésbico dirigida a un público heterosexual (el gran público lo llamaríamos) y es en este punto en que en una primera mirada el film no me cautivó hasta que en una revisión entendí. Lo que parece políticamente correcto, no es mas que la hermosura llevada a un grado de excelencia. Esa impresión primera que provocó en algunos (en los que me incluyo) no ver la química entre Blanchett y Mara, era la ausencia de aprobación de una relación entre una mujer dotada de una belleza turbadora y otra, corriente. Aquí no era necesario el sexo casi explícito (que si valido en la ‘masterpiece’ Blue is the warmest colour’), éste ya se encontraba en las miradas.

Una ‘Carol’ que maneja un gran coche de color gris, no hace aspaviento de su vida, una mujer que elige, decide, arrasa, devora, manda y sin embargo en dos ocasiones confiesa no saber que es bueno para ella -tira los guantes en el mostrador detrás del cual una embelesada Therese que a pesar de su juventud e inexperiencia, los recoge y apuesta.

Es que el personaje de Carol es tan rico e intenso que hasta la pequeña Therese se ve mermada ante tanto señorío -cuando Carol la llama por teléfono a la tienda para agradecerle un gesto, Therese es nombrada como la empleada número 645 y al tomar ésta el teléfono comienza a adquirir una actitud de confianza habida cuenta de quien estaba al otro lado de la línea-.

‘Silencios que prefiero callar’ diría un músico conocido, así continúa arrasando esta historia, no son necesarias las palabras y no son silencios que enmascaren son de los que revelan en gestos pequeños (oler un perfume, sacar una foto, mirar unos labios) el lenguaje que eligió este refinado director para dar testimonio de este amor.

Una historia con un final inesperado para el que no leyó el libro, que eriza y quita la respiración, un film que se ve, se escucha, se siente, un film tan poderoso que arremete con sus esplendidas actrices, sus colores verdes y rojos en el vestuario de estas con total impunidad dramática y que las transmuta en valerosas heroínas no exentas de su refinada femineidad. Un film de esos que cuando allá a los lejos escuches tal vez parte de su música, sientas esa bruma que te envuelve y te transporta a ese universo único y conjurado de Carol y Therese.

Autor: Pepis @rossbolena

Autor: Pepis
@rossbolena

(7)

Carol

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